Redacción de ‘El Papelerito’
En la hiperactiva —y desesperada— campaña que el alcalde Chava Calderón ya opera rumbo al 2027, la creatividad para convertir recursos públicos en herramientas electorales parece no tener límites. Y si antes habíamos señalado el rol clave de Tere Arteaga, coordinadora del gabinete, y de Mary Díaz, exregidora priista, como parte del equipo operador, ahora surge un dato todavía más grave: una parte del Velatorio Municipal, ubicado en la colonia Héroes de la Revolución, fue transformada en bodega de acopio de despensas. Sí, un velatorio convertido en centro de distribución electoral.
Las despensas, por supuesto, no son municipales —aunque así las presuman— sino apoyos alimentarios enviados por la Secretaría de Desarrollo Humano y Bien Común del Gobierno del Estado. Esa dependencia, coincidentemente, está bajo el mando de Rafael Loera, padrino político del actual administrador de Seguridad Pública (otro personaje del que ya hemos hablado en este espacio) y quien, a su vez, sueña con ser el próximo alcalde de Chihuahua capital. Una caravana con sombrero ajeno del tamaño de la Presidencia Municipal.
La ruta es simple: llegan las despensas del Estado; se almacenan en el Velatorio Municipal; se reparten en colonias necesitadas; se vende la idea de que es “gestión del alcalde”; y todo esto ocurre mientras Chava repite, sin rubor, que él solo “trabaja por la gente”. Nada más lejos de la realidad: trabaja por su reelección, y lo hace utilizando a los más vulnerables como moneda de cambio.
Pero la operación electoral no termina ahí. Detrás de las paredes del edificio municipal corre otro rumor fuerte: un chantaje político directo al PAN. La advertencia de Calderón Aguirre sería simple y llana: si no es él el candidato a la alcaldía en 2027, si se atreven a moverlo, no apoyará al partido. Y todos saben lo que significa una campaña sin el empuje —y sin los recursos— de la Presidencia Municipal: una especie de suicidio político que ningún partido en el poder está dispuesto a asumir.
Poco le importa al alcalde que las encuestas no le favorezcan, que la percepción ciudadana esté hundida, que el reclamo social sea creciente o que su administración acumule una lista interminable de pendientes, promesas rotas y acuerdos políticos incumplidos. Chava Calderón está aferrado a su candidatura, aunque las posibilidades reales de un segundo triunfo sean mínimas, casi inexistentes. Pero cuando se prueba el poder —y los beneficios económicos que de él se desprenden— renunciar no es una opción.
Por eso sigue, tercamente, decidido a secuestrar la candidatura. Aunque la ciudad esté dividida, aunque los ciudadanos estén cansados y aunque la estructura panista lo vea como un lastre, él apuesta por su propio proyecto, no por el municipio, ni por el partido, ni por la gente. Y mientras el PAN lidia con la amenaza interna, el Velatorio Municipal sigue siendo bodega, las despensas siguen circulando y la maquinaria electoral continúa aceitada.
El 2027 está lejos… pero para Calderón, ya empezó hace rato. Y lo está jugando con todas las fichas que no deberían ser suyas. Pero, claro, cuando se entra al poder por la puerta del servicio público y se pretende permanecer en él por la puerta de las necesidades de la gente, se cruza una línea peligrosa: la que separa gobernar de aprovecharse.
Y Chava ya la cruzó hace tiempo. Pero le vale tres cacahuetes.



