En política, como en la vida, no basta con ser, hay que parecer. Y en el caso de Guillermo Ramírez, presidente del Congreso del Estado y representante del Distrito 21, la narrativa parece ir varios pasos delante de los resultados. Más reflectores que dictámenes. Más comunicados que reformas.
Sin entrar en detalles que siguen su propio cauce legal, los titulares alcanzaron a Memo el año pasado por un episodio violento protagonizado por su hermano. El asunto, más allá de lo jurídico, dejó una estela política inevitable, porque cuando se es un personaje público, el entorno también cuenta y las sombras, aunque no sean propias, se proyectan igual.
El tema viene a colación por la reciente toma de protesta en la Asociación Ganadera de Matamoros que terminó de confirmar que las disputas de poder no distinguen foros, y lo que debía ser un momento histórico, como lo es la llegada de una mujer a la presidencia del organismo, quedó opacado por el choque entre grupos vinculados a las familias Ramírez y Soto, con todo y el estatus legal de quien detonó el problema. Allí estuvo el el diputado, en medio de un zafarrancho que evidenció fracturas añejas. La imagen no ayudó.
Días después de que la exdiputada y actual rectora de la UTP, Betty Chávez, ventilara sus aspiraciones políticas asegurando que ella sí conoce cada rincón del distrito, sin referir quién no, la maquinaria mediática de Memo se activó con puntual sincronía. Entrega de apoyos en Valle de Zaragoza, recorridos rurales en Santa Rosa, cobijas, despensas, libros. Territorio, territorio y más territorio con el mensaje implícito de «aquí sigo» y, en esa misma lógica de proyección se inscribe la propuesta de traer sesiones de la Diputación Permanente a Parral, específicamente a la Casa Stallforth.
El gesto tiene simbolismo: acercar el Congreso a las regiones. Indiscutible. Pero la pregunta es si compensa una productividad que ronda ¡el cuatro por ciento de efectividad legislativa! Basta contbailizar más de una veintena de iniciativas presentadas. Medianamente bien, pero de esas, apenas una aprobada —y de impacto menor— que no construye precisamente un expediente robusto para presumir, menos si en asuntos de relevancia, con todo y la investidura de presidente del palacio legislativo local, huye si le resulta incómoda la votación.
El discurso de Memo insiste en la cercanía, en el trabajo en territorio, en la representación sensible, pero la política no se mide solo en fotografías entregando apoyos, sino en resultados tangibles y los números pesan. Pero no hay recursos bajados para pavimentación, no hay las clásicas techumbres en escuelas, no hay -casi- nada, y eso del «casi» es por mantener el beneficio de la duda.
A Ramírez lo persiguen señalamientos de presunto tráfico de influencias que forman parte del ruido político que acompaña su figura, como la intentona de buscar cómo Avril Carmona fuera jueza y regidora al mismo tiempo, lo que abandonaron tras hacerse público, o las versiones que indican que también habría ayudado a Vicencio Chávez a agilizar su liberación tras el polémico percance vial en el que resultó una menor herida.
Se sabe que la aspiración de Memo Ramírez es la alcaldía de Parral en 2027 o, en su defecto, la reelección y la estrategia parece clara: presencia constante, agenda regional, activación mediática y posicionamiento institucional. El problema es que la sobreexposición sin resultados sólidos puede volverse contraproducente. Cuando se está tanto en la escena, cada tropiezo amplifica, y si no hay con qué contrarrestarlos, se acumulan y se cobran en campaña y caros, porque la política local es implacable con quienes ofrecen más escándalos que eficacia.
Las aspiraciones son legítimas; lo que está en duda es si la construcción de liderazgo se está haciendo sobre cimientos firmes o sobre castillos en el aire.



