Hay historias que envejecen mal. Y luego está la de Javier Corral, que parece empeñado en convertirse en una versión corregida y aumentada de aquello que combatió durante años. Y es que si algo definió su gobierno fue la narrativa de que la justicia local debía imponerse sobre las maniobras políticas que buscaban sacar expedientes incómodos de Chihuahua.
Ahí nació buena parte de su discurso. Ahí construyó su personaje de cruzado anticorrupción. Ahí convirtió el caso de Alejandro Gutiérrez, “La Coneja”, en símbolo nacional. Y justamente por eso resulta imposible no encontrarle cierto sabor a ironía a lo que acaba de ocurrir.
Corral decidió retirar la impugnación que mantenía contra la resolución emitida en Ciudad de México por los hechos del famoso intento de detención en el restaurante Gin Gin del que fue rescatado por el impresentable Ulises Lara, entonces «encargado del despacho» de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Pero lo hizo antes de que hubiera una resolución de fondo y permitió que quedara firme la determinación que validó la legalidad de las actuaciones de la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua.
En otras palabras: dejó de pelear una batalla que durante casi dos años presentó como una muestra de persecución política. Lo interesante no es solamente que se haya desistido. Lo interesante es el argumento: su comunicado dice que no quiere contribuir a la “victimización” de Maru Campos y que no participará en una narrativa manipulada. Que la gobernadora usa un doble rasero.
Puede ser. Pero también puede ser que alguien le haya explicado que los expedientes, los recursos legales y los tribunales suelen ser muy crueles cuando no terminan diciendo lo que uno esperaba. Porque si tan sólida era la impugnación, si tan claro era el abuso denunciado, si tan contundentes eran las pruebas, la pregunta es inevitable: ¿para qué retirarla?
La explicación oficial intenta vender la idea de que el desistimiento es una decisión política y no jurídica. Difícil comprársela. Sobre todo porque, durante años, Corral Jurado sostuvo exactamente el argumento contrario cuando era él quien exigía que los procesos siguieran hasta las últimas consecuencias. Lo que hoy pide para sí mismo es justamente lo que antes criticaba en sus adversarios.
Y ahí aparece el fantasma del Conejazo. Quienes tienen memoria recordarán que una de las mayores indignaciones del entonces gobernador fue cuando la Federación atrajo el caso de Alejandro Gutiérrez y lo sacó de la esfera de Chihuahua. Javier denunció una operación política y acusó protección desde el centro. Habló de impunidad y se llenó la boca con su voz importada, afirmando que se estaba utilizando el aparato federal para neutralizar una investigación incómoda.
Era, según su propia narrativa, una forma elegante de escapar de la justicia local. Años después, cuando las acusaciones apuntan hacia él, la ruta escogida parece sospechosamente parecida. No porque los casos sean idénticos. De hecho, no lo son, pero sí porque la lógica política es prácticamente la misma: cuestionar a las autoridades locales, buscar refugio en instancias federales y presentar cualquier investigación estatal como un acto de persecución.
¡Exactamente el tipo de comportamiento que antes denunciaba! El problema de construir una carrera política sobre la superioridad moral es que tarde o temprano aparece alguien con suficiente paciencia para revisar los archivos. ¡Y los archivos suelen ser despiadados!
Mientras tanto, la gobernadora Campos Galván aprovechó para cobrar facturas acumuladas durante más de una década de confrontación política. Lo hizo con ironía, con sarcasmo y con evidente satisfacción. No desaprovechó la oportunidad. Tampoco podía.
Pero independientemente de quién tenga razón en el fondo del conflicto, el desistimiento terminó enviando una señal política que difícilmente favorece al senador neomorenista. Cuando alguien está convencido de ganar una pelea, normalmente llega hasta el final, ¿no? Y cuando se baja del ring antes del campanazo, inevitablemente aparecen las dudas.
Al final, quizá el dato más curioso de toda esta historia es que Corral pasó años persiguiendo conejos. Y ahora podríamos decir que terminó atrapado en su propia madriguera.



