La carta de Andrés Manuel López Obrador sobre Donald Trump no es solo una defensa tardía del presidente estadounidense ni un gesto de lealtad hacia Claudia Sheinbaum. Si la leemos con calma, sin falsos apasionamientos, sin filias ni fobias, también es una pieza de nostalgia política y, de paso, una forma bastante sutil de poner a la presidenta en una posición incómoda: con él, Trump “era distinto”; con ella, el mismo Trump ya parece otro monstruo.
¡Y ahí está el detalle! AMLO intenta apoyar a Sheinbaum, pero en el camino termina sugiriendo que él sí sabía llevar la relación con Washington, mientras que ahora todo se ve más áspero. Eso, le guste o no, hace ver a la actual presidenta como alguien que no ha podido contener a un interlocutor al que él presume haber dominado.
Pero ese relato tiene muchas grietas. Porque el López Obrador que escribe desde Palenque habla como si hubiera frenado el intervencionismo, como si hubiera blindado la soberanía y como si el país hubiera vivido una relación diplomática ejemplar durante su sexenio. Y la verdad es que su gobierno fue una fábrica de contradicciones y mentiras, muchas mentiras. Criticó la injerencia extranjera, pero terminó entregándole al Ejército y a la Marina un poder inédito dentro del Estado; denunció abusos de Washington, pero sostuvo una política de cooperación que nunca dejó de depender de los tiempos y presiones de Estados Unidos al grado de convertir a la Guardia Nacional en «la migra» del patio trasero de Estados Unidos; y se declaró defensor de la soberanía mientras concentraba decisiones, debilitaba contrapesos y desarmaba instituciones que precisamente servían para equilibrar al poder.
Su defensa del caso Cienfuegos -el exsecretario de la Defensa de Peña Nieto defendido y rescatado por él- también le sale cara en retrospectiva. AMLO lo presenta como ejemplo de dignidad nacional frente a una supuesta represalia política de Estados Unidos. Puede ser que haya habido excesos allá, pero el problema es que él convirtió ese episodio en un trofeo discursivo para presentarse como un presidente que no se dejaba doblar.
Sin embargo, su sexenio terminó con un país mucho más dependiente de la narrativa de seguridad y mucho más militarizado que el que recibió. Si de verdad quería advertir sobre el peligro de usar la etiqueta de “narcoterrorismo” como pretexto para atropellos, también debió explicar por qué en México se permitió que el control civil quedara cada vez más arrinconado frente a los militares. Y por qué, si como él aseguraba, el presidente lo sabe todo, Adán Augusto, por qué Rocha Moya, por qué Durazo y por qué tantos etcéteras.
Y luego está el tema migratorio. En su carta presume que Trump, en público, reconocía el aporte de los mexicanos en Estados Unidos. Sí, pero al mismo tiempo su gobierno tuvo que lidiar con la presión migratoria de la Casa Blanca, con la política de contención en la frontera sur y con acuerdos que, aunque no siempre se dijeron en voz alta, terminaron cargando a México una buena parte del problema. O sea, no era exactamente el idilio soberano que él pinta ahora. Si tanto se llevó “en paz” con Trump, también fue porque México cargó con costos que nunca se narraron como concesiones.
Lo más llamativo es que AMLO insiste en que el problema de Trump no era él, sino sus “falsos amigos” y consejeros. En su versión, el viejo Trump era casi razonable; el nuevo, una víctima de malas compañías. Eso sirve para pedir que vuelva “el otro Trump”, pero en el fondo deja una pregunta incómoda: ¿de verdad el ex presidente mexicano cree que el mundo obedecía a su juicio político más que a la conveniencia del momento? Porque si fuera así, entonces su carta no es solo una reflexión sobre Trump, sino una manera de presumir que con él sí se podía hablar. Y eso, otra vez, vuelve a reducir a Sheinbaum a la sombra de un legado que aún no termina de acomodarse. Si fuera otro quien lo dijera, ya lo estarían acusando de violencia política en razón de género y de misoginia.
Al final, la carta no fortalece tanto a la presidenta como él quisiera. Más bien la coloca en una comparación injusta: con AMLO, Donald -si se nos permite la igualda- era “otro”; con Claudia, el mismo Trump se vuelve más agresivo. El subtexto es inevitable: él sí lo entendía, ella todavía no. Y esa lectura, intencional o no, hace ruido. Porque un apoyo sincero no necesita dejar a la respaldada como aprendiz frente al maestro retirado.
AMLO quiso cerrar con una frase épica: “Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”. El problema es que el “otro Trump” no depende de su nostalgia, y menos aún la imagen de una presidenta mexicana que, por contraste, queda expuesta como si apenas estuviera entrando a una mesa que él ya sabía mover.
Y terminamos esta entrega con la frase coloquial «No me ayudes, compadre», porque, a veces, defender a alguien es la forma más elegante de achicarlo. Sobre todo en política.



